En veinte años de sector he visto de todo. Profesionales que llegan con resaca. Profesionales que se quedan dormidos en el descanso. Un electricista que instaló el cuadro mientras escuchaba la radio a todo volumen con auriculares y que no oyó nada de lo que le decía durante dos horas. Pero lo de Bienvenido fue diferente. Bienvenido era el alicatador. Y Bienvenido llegó un miércoles a las nueve de la mañana con su hijo Marcos, ocho años, mochila de superhéroes y un bocadillo de chorizo.
Tres horas de obra con público infantil
Bienvenido explicó, sin darle mayor importancia, que era día sin colegio y que no tenía con quién dejarlo. Me preguntó si le importaba. Ya estaba dentro, el crío ya estaba dentro, y la verdad es que Bienvenido era el mejor alicatador de la zona y llevábamos tres días con el baño a medias esperando que tuviera hueco. Le dije que vale. Marcos se instaló en el único rincón del piso sin obras, sacó un libro de cromos y estuvo tranquilo durante la primera hora. La segunda hora empezó a explorar. La tercera hora, con la lógica impecable de los ocho años, decidió que los recortes de azulejo que Bienvenido iba descartando eran exactamente la clase de cosas que él quería coleccionar.
Lo que me llevo de ese día
La obra salió bien. Bienvenido terminó el baño en dos jornadas más, sin el crío, y quedó perfecto. Marcos se fue con una bolsa con siete recortes de azulejo de distintos colores que consideró su tesoro. No hubo ningún incidente de seguridad, aunque reconozco que en una obra con polvo de cemento, herramientas de corte y suelos mojados, la situación era objetivamente peligrosa. La lección no tiene que ver con Bienvenido ni con Marcos. Tiene que ver con lo que me di cuenta ese día: que los pequeños autónomos que trabajan solos no tienen a nadie que les cubra si la vida se complica. Bienvenido no podía no trabajar ese día. Contratar a alguien que trabaja solo es trabajar con una persona, con todo lo que eso implica.