Esto me lo contó un amigo hace dos años y todavía me cuesta creer que exista alguien con el descaro suficiente para hacerlo. Habían firmado el presupuesto de una reforma de salón y pasillo: suelos nuevos, pintura, molduras en techo y algún trabajo de carpintería. Todo acordado, todo firmado, con sello de la empresa y todo. El día que los operarios llegaron a empezar, el encargado sacó un papel y les explicó que había habido un “error de cálculo” en el presupuesto original.
El error de cálculo de 1.800 euros
El encargado explicó que el presupuesto que habían firmado no incluía “los materiales auxiliares” —imprimación, masilla, cinta de pintor, disolvente— y que eso subía el precio en 1.800 euros. Mi amigo le señaló que en el presupuesto ponía expresamente “materiales incluidos”. El encargado dijo que eso se refería a los materiales principales, no a los auxiliares. Mi amigo le dijo que si eso era así, que pusieran por escrito el nuevo precio con el desglose de esos materiales auxiliares y que lo firmarían antes de empezar. El encargado dijo que eso no era posible porque “así no trabajaban ellos”. Mi amigo le dijo que entonces tampoco empezaban.
Lo que pasó cuando se mantuvo firme
Los operarios se fueron. El encargado llamó esa tarde, bajó a 500 euros adicionales por los “materiales auxiliares”. Mi amigo dijo que no, que el presupuesto firmado era el que era. El encargado colgó. Mi amigo llamó a otra empresa. Tardó una semana más en empezar pero pagó lo que había presupuestado. La técnica que intentaron con él es conocida: empiezan la obra, cuando ya has pagado parte o ya tienes el piso a medias, te dicen que hay costes adicionales y en ese momento tienes menos poder de negociación. La defensa es simple: si el precio cambia antes de empezar, no empieces. Si cambia a mitad, para la obra y documenta todo por escrito antes de continuar.