El interiorista con el que contacté tenía un estudio con portfolio bien presentado y precios razonables. En la primera reunión le di los planos de la vivienda —los que me había entregado el promotor al comprar— y él diseñó la cocina completa a partir de esos planos. El resultado era precioso: una cocina en L con una isla central que dividía el espacio de cocinar del de comer. Aprobé el proyecto y autorizó el pedido de los muebles.
Cuarenta centímetros de pasillo y una isla que no cabía
Cuando llegaron los muebles y empezaron a montarlos, la isla central —que en los planos tenía espacio suficiente a ambos lados— solo dejaba cuarenta centímetros entre ella y la pared del fondo. El paso mínimo recomendado en una cocina con isla es de noventa centímetros; con cuarenta no se puede abrir el horno sin golpear la isla. El problema era que los planos del promotor tenían un error de diez centímetros en las dimensiones de la cocina —la sala era diez centímetros más estrecha de lo que indicaban los planos—. El interiorista nunca había venido a verificar las medidas reales.
El proyecto que empezó sobre papel y terminó en la realidad
El interiorista reconoció que debería haber venido a medir antes de encargar. Rediseñó la cocina eliminando la isla y sustituyéndola por una barra adosada a la pared, que funcionaba igual pero ocupaba menos espacio. Los muebles de la isla tuvieron que devolverse —parte se pudo devolver, parte no—. El sobrecoste fue de unos 1.800 euros entre devoluciones parciales y el rediseño. Regla básica: ningún interiorista debería encargar muebles a medida sin haber verificado personalmente las medidas del espacio real, independientemente de los planos que existan. Los planos son un punto de partida, no una garantía.