Los pisos viejos tienen capas. Debajo de lo que ves hay lo que fue antes, y a veces hay lo que fue antes de lo de antes. En mi caso, para llegar a una bajante que había que reparar, el fontanero propuso abrir el trasdosado de la pared del baño —una pared de pladur que se había añadido en una reforma de los noventa—. Lo que encontramos detrás del pladur fue una pared de ladrillo macizo con una puerta tapiada.
La puerta que nadie recordaba
La puerta tapiada medía unos ochenta centímetros de ancho y daba, según la distribución del piso, hacia lo que ahora es el armario del pasillo. Probablemente era una comunicación interior entre el baño y la habitación principal de un piso distribuido de otra manera en los años cincuenta, que alguien tapió cuando redistribuyeron los espacios. Detrás de esa pared tapiada también pasaba parte de la instalación que buscábamos. La obra que iba a ser simple —abrir, reparar, cerrar— se convirtió en una excavación arqueológica doméstica.
Lo que tardó y lo que costó de más
El fontanero tardó media jornada adicional en desmontar parte del ladrillo de la puerta tapiada para acceder a la bajante desde ese lado, que era el más accesible. Una vez hecha la reparación, la apertura en la pared de ladrillo se cerró con ladrillo nuevo, se recuperó el trasdosado de pladur y quedó como antes. El sobrecoste fue de unas 280 euros en mano de obra. No hay moraleja especial aquí: en pisos de más de cuarenta años, simplemente hay que presupuestar tiempo e imprevistos, porque casi siempre aparece algo que no estaba en los planos y que nadie esperaba.