Gestiono varios locales comerciales para propietarios que los tienen arrendados. Uno de ellos llevaba años con un suelo irregular que los inquilinos habían tapado con láminas de vinilo. Cuando se fueron y entramos a reformar para el siguiente inquilino, el albañil empezó a levantar el vinilo y las baldosas del fondo. Debajo de tres capas de solería encontramos un pozo.
Un pozo ciego de metro y medio que no aparecía en ningún plano
El pozo tenía unos ochenta centímetros de diámetro y metro y medio de profundidad, tapado con una losa de hormigón mal asentada que se había ido hundiendo y era la causa de la irregularidad del suelo. El local era un antiguo almacén de los años cincuenta, y el pozo probablemente había servido para almacenar agua o como pozo de filtración en una época en que la red de saneamiento no llegaba a esa zona. No aparecía en ningún plano, ni el propietario ni los anteriores inquilinos sabían de su existencia. La obra se paró mientras consultábamos con el Ayuntamiento qué había que hacer.
Lo que hay que hacer cuando encuentras algo que no debería estar
El Ayuntamiento nos indicó que el pozo ciego debía cegarse con material inerte —arena y grava compactada— antes de proceder con el nuevo solado, y que debía quedar constancia en el expediente de la reforma. El proceso añadió tres días a la obra y un sobrecoste de unos 800 euros en materiales y mano de obra para el cegado. No fue un drama. Lo que sí fue un aprendizaje: en locales de más de cuarenta años, especialmente en zonas que antes fueron industriales o de almacenaje, es prudente hacer una inspección mínima del estado del subsuelo antes de presupuestar una reforma de suelo. Un par de catas estratégicas pueden evitar sorpresas que paran la obra y encarecen el proyecto.