Las termitas son pacientes. No hacen ruido, no se ven, no dejan rastro visible hasta que el daño está hecho. Pueden llevar años comiendo la madera de un edificio y la única señal exterior son unos tubos de barro del grosor de un lápiz que a veces aparecen en los zócalos o en las jambas de las puertas y que mucha gente toma por suciedad o por restos de obra. Un amigo mío los tomó por suciedad. Grave error.
Dos años después de comprar el piso
Cuando compró el piso, pasó la inspección técnica habitual: fontanería, electricidad, humedades. Nadie revisó la madera específicamente. Dos años después vino un carpintero a ajustar una puerta que cerraba mal. El carpintero golpeó el marco con los nudillos, escuchó, y golpeó otra vez. “¿Cuándo compraste este piso?” Mi amigo le explicó. El carpintero dijo que tenían termitas y que llevaban tiempo. Abrió el marco por el lado interior y mostró la galería: la madera por dentro parecía cartón, una red de túneles que había dejado una cáscara fina con apariencia intacta por fuera.
El alcance del daño y lo que costó tratarlo
Llamaron a una empresa de control de plagas especializada en termitas. El perito revisó el piso completo: marcos de puertas, rodapiés, tarima en algunos puntos, la viga de madera decorativa del salón. El daño era extenso. El tratamiento consistió en inyecciones de producto termicida en toda la madera afectada, instalación de cebos en el perímetro y sellado de las galerías. Coste: 1.800 euros con garantía de cinco años. La madera más dañada —tres marcos de puerta y un tramo de rodapié— hubo que reponerla, otros 600 euros. Total: 2.400 euros de un problema que llevaba años gestándose. Si compras un piso de segunda mano con carpintería de madera y el vendedor no tiene historial de tratamientos antiparasitarios, pide que un especialista revise la madera antes de firmar. Es una inspección de 100-150 euros que puede ahorrarte miles.