Viví tres años en un piso en Madrid que daba a una calle con bares. El ruido llegaba hasta las tres de la madrugada los fines de semana y yo me había convencido de que el problema eran las ventanas: viejas, de aluminio simple, con cristal de 4 milímetros. Ahorré durante meses para cambiarlas. Elegí unas de PVC con doble acristalamiento 4-16-4, que según el instalador “reducirían el ruido exterior en un 70%”. Lo creí. Era mentira, aunque no del tipo que uno imagina.
El ruido que siguió entrando
Las ventanas nuevas eran perfectas. Cerraban bien, sellaban bien, el doble cristal hacía lo que tenía que hacer. El primer viernes por la noche después de instalarlas me senté a escuchar. El ruido había bajado, sí. Pero seguía siendo perfectamente audible. La conversación del bar de enfrente, la música, las motos. Llamé al instalador y le pregunté. Me dijo que el aislamiento acústico de una ventana depende de muchos factores y que “a lo mejor esperaba demasiado”. Técnicamente tenía razón. Yo esperaba demasiado porque no sabía lo suficiente.
Dónde estaba el problema de verdad
Un amigo arquitecto vino a verlo. Tardó cinco minutos en encontrarlo: la caja de la persiana, que había quedado intacta durante la instalación, era de cartón prensado y tenía dos rendijas de ventilación laterales abiertas directamente al exterior. El sonido entraba por ahí sin ningún obstáculo. También había un metro cuadrado de pared entre las dos ventanas del salón que no tenía ningún tipo de aislamiento y que transmitía el sonido perfectamente. Las ventanas hacían su trabajo. El problema estaba alrededor de las ventanas. Tapar las rendijas de la caja de persiana con espuma acústica y añadir una segunda capa de lana mineral en el tramo de pared me costó 180 euros y resolvió el 60% del ruido restante. Si buscas aislamiento acústico, no te quedes solo con las ventanas: revisa también las cajas de persianas, los marcos y los puentes térmicos. El sonido entra por donde puede.