El verano pasado una de mis comunidades me llamó con un problema que parecía sencillo: la piscina perdía agua. No un poco — perdían unos tres centímetros de nivel cada día, lo que en una piscina de tamaño estándar son miles de litros a la semana. La empresa de mantenimiento que tenían contratada llevaba mes y medio “investigando” sin encontrar nada. Me incorporé cuando ya estaban en julio y sin solución.
Tres técnicos, tres diagnósticos distintos
El primero que vino dijo que era evaporación por el calor. En julio en Valencia algo hay, sí, pero tres centímetros diarios es demasiado para achacarlo al sol. El segundo habló de una microfisura en el vaso que había que buscar con tinte especial. Presupuestó la inspección en 400 euros. Lo aprobamos, vino, echó el tinte, no encontró nada, cobró igual. El tercero sugirió cambiar toda la línea de retorno porque “probablemente había una unión mal sellada”. Presupuesto: 2.800 euros. En ese momento paré todo y pedí que viniera alguien de otra empresa, sin contarle nada de lo anterior, a hacer una inspección desde cero.
Lo que encontramos en quince minutos
El nuevo técnico llegó, dio una vuelta a la piscina, miró el cuarto de máquinas y en menos de un cuarto de hora señaló la válvula de llenado automático. Estaba mal regulada y llenaba constantemente hasta que desbordaba por el rebosadero. La piscina no perdía agua: la estaba tirando ella sola cada vez que el nivel bajaba dos centímetros por evaporación normal. Reguló la válvula en diez minutos. Cobró 45 euros por desplazamiento. El problema llevaba dos meses activo, habíamos gastado 400 euros en una inspección inútil y habíamos estado a punto de aprobar una obra de 2.800. Cuando algo falla, el primer diagnóstico no siempre es el bueno. Si hay dinero en juego, merece la pena pagar una segunda opinión antes de autorizar cualquier obra.