Me gasté 340 euros en motorizar la persiana del dormitorio. No es un capricho descabellado: la ventana da al este y en verano el sol entra desde las seis de la mañana. Con la persiana motorizada podía bajarla desde la cama sin levantarme. Era una de esas pequeñas mejoras de la vida cotidiana que uno se permite de vez en cuando y con las que uno fantasea que va a ser para siempre. Duró quince días.
El motor que empezó a sonar raro
A los quince días de uso, el motor empezó a emitir un sonido de engranaje chirriante al bajar. Seguía funcionando, pero el sonido era suficientemente molesto como para que mi pareja me dijera que era más despertador que el sol. Tres días después, la persiana quedó atascada exactamente a la mitad: ni subía ni bajaba. Llamé al instalador. Me dijo que había que revisar el motor y que estaba cubierto por garantía. Hasta ahí bien. Lo que no me había dicho antes es que la garantía del fabricante cubría el aparato, pero no la mano de obra del técnico que venía a desinstalarlo, revisarlo y reinstalarlo. Eso corría por mi cuenta: 80 euros.
Lo que hay que preguntar antes de instalar cualquier motorización
El motor tenía un defecto de fabricación —un engranaje mal ajustado de origen— y lo cambiaron sin coste. Pero los 80 euros de mano de obra me parecieron suficientemente injustos como para aprender la lección: antes de instalar cualquier aparato motorizado o electrónico en casa, hay que preguntar explícitamente qué cubre la garantía y qué no. En la mayoría de los casos, la garantía del fabricante cubre las piezas pero no la mano de obra de reparación. Algunos instaladores ofrecen una garantía de instalación propia que sí incluye eso, pero hay que pedirla expresamente y que quede en el contrato. Si no está en papel, no existe.