Las palomas no están clasificadas legalmente como plaga en todas las comunidades autónomas, pero sus daños en los edificios son reales y cuantificables: sus excrementos son ácidos y deterioran el hormigón, la piedra y los recubrimientos de cubierta; obstruyen canaletas y bajantes; y cuando se establecen en un punto, traen a más. Una comunidad que gestiono en Valencia pasó de tener una paloma anidando en el tejado a tener más de treinta en el plazo de un verano.
Cómo una paloma se convierte en treinta
El proceso es simple desde el punto de vista animal: la paloma encuentra un lugar cálido, protegido del viento y sin perturbaciones. Anida, cría, los polluelos crecen y vuelven al mismo tejado porque es donde nacieron. Si nadie interfiere, la colonia crece de manera exponencial. La comunidad lo sabía —varios vecinos habían comentado la presencia de palomas— pero no se tomó ninguna medida durante meses porque “no molestaban”. Cuando por fin subimos al tejado para revisar la cubierta por otra razón, encontramos la situación consolidada: nidos en tres puntos de la canaleta, obstrucción parcial del bajante principal, manchas de excrementos en toda la zona de cubierta y deterioro visible del impermeabilizante en los puntos con mayor acumulación.
Lo que costó resolver la colonia y cómo se previene
Contratamos a una empresa de control de palomas: instalación de pinchos antipalomas en los puntos de posada, redes en la zona de canaleta más afectada y limpieza y desinfección de la cubierta. Coste total: 1.800 euros. Más la reparación del impermeabilizante dañado: otros 400 euros. Si hubieran llamado a la empresa cuando apareció la primera paloma y habían instalado pinchos en los puntos de riesgo —que cuestan unos 200-300 euros en un tejado estándar—, el problema no hubiera existido. Las palomas son como muchas otras cosas en los edificios: mucho más fáciles y baratas de prevenir que de remediar.