Las cajas no se pierden en una mudanza sin más. Pueden quedar olvidadas en el piso de origen, pueden subirse al camión equivocado si la empresa lleva varias mudanzas el mismo día, o pueden extraviarse en el almacén si la mudanza tiene una fase de almacenaje intermedio. Lo que no debería pasar es que una caja desaparezca sin explicación y que la empresa encargada diga que no sabe qué ha pasado. Me pasó, y aún hoy, dos años después, la caja 17 no ha aparecido.
42 de 43: lo que faltaba
Hice el inventario con seriedad: numeré todas las cajas, anoté el contenido general de cada una en una hoja de cálculo y tomé fotos antes de que empezara la carga. La mudanza era de Madrid a Bilbao, con una noche de almacenaje en el almacén de la empresa porque el piso de destino no estaba disponible hasta el día siguiente. Cuando abrí las cajas en el destino, la número 17 no estaba. En ella había: los documentos del piso —escritura, nota simple, últimas facturas—, un joyero con piezas de poco valor económico pero mucho sentimental, y un álbum de fotos físicas de mi boda que no tenía copia digital.
Lo que pasó cuando la reclamé y lo que aprendí
La empresa buscó en su almacén. No la encontraron. Revisaron el camión. Tampoco. Llamamos al piso de Madrid —los nuevos inquilinos—: no había ninguna caja. La empresa ofreció una compensación económica de 150 euros “por el contenido estimado de la caja”. Rechacé el importe —las fotos de la boda no tienen precio— y reclamé más, llegando a un acuerdo por 600 euros que tampoco compensa lo perdido. Lo que aprendí: nunca pongas documentos originales, foyas o archivos irrecuperables en el camión de la mudanza. Llévalos tú en el coche. Las cosas sustituibles pueden ir en el camión. Las irreemplazables, siempre contigo.