Hay cosas en los edificios que se asumen como inevitables sin que nadie las cuestione realmente. La humedad del sótano es una de ellas. “Es que el edificio es antiguo.” “Es que el subsuelo es así.” “Es que en invierno siempre hay algo de humedad ahí abajo.” Lo dicen los vecinos, lo dicen algunos administradores, lo dice hasta la empresa de impermeabilización que viene a poner una capa de membrana en las paredes del sótano cada diez años y que cobra por ello sin resolver el problema de fondo.
Lo que encontraron cuando abrieron el suelo
Vinimos a hacer un trabajo de fontanería en el sótano de un edificio de los años 60: cambiar el colector principal de aguas residuales, que llevaba tiempo dando problemas. Cuando levantamos el suelo para acceder a la tubería, el fontanero que llevaba el trabajo paró y me llamó. Debajo del suelo del sótano, a unos cuarenta centímetros de profundidad, había una tubería de abastecimiento de agua —de las que van a presión, no de residuales— con una unión que llevaba décadas perdiendo. No era un chorro de agua: era una filtración lenta, constante, que había estado empapando el terreno bajo el sótano durante años y que era el origen real de la humedad de las paredes.
Veinte años de humedad y lo que costó arreglarlo
Preguntamos cuándo se había construido el edificio: 1963. Las tuberías originales. Nadie había hecho nunca una revisión de la red de agua bajo el sótano. La reparación de la junta rota costó 340 euros. Arreglar los desperfectos de humedad en las paredes del sótano después de décadas de filtración: otros 2.800 euros. Los vecinos llevaban veinte años pagando facturas de agua más altas de lo que correspondía —la pérdida se computaba en el contador general— sin saber por qué. Lo que hay que recordar: si un edificio tiene humedad persistente en el sótano y nadie ha revisado nunca si hay una fuga en la red de agua enterrada, ahí empieza la investigación.