Gestiono un edificio de los años sesenta. Cuando uno de los propietarios reportó una humedad persistente en la pared del baño, enviamos a una fontanera para localizar la fuga y repararla. La localización fue relativamente rápida: había una unión de tubería de cobre que goteaba lentamente detrás del trasdosado. Cuando la fontanera abrió la pared, paró inmediatamente y me llamó.
El material gris alrededor de los tubos
El material aislante que envolvía las tuberías viejas era un material fibroso gris que la fontanera identificó como probable amianto —o asbesto, como también se llama—. No lo tocó. Salió del baño, cerró la puerta y me informó de que no podía continuar el trabajo hasta que se hiciera una analítica del material. Tenía razón: el protocolo cuando se sospecha de amianto es parar, delimitar la zona, no manipular el material y contactar con una empresa especializada en gestión de residuos de amianto.
Tres semanas de proceso para retirar el amianto correctamente
Contratamos una empresa homologada para la retirada de amianto. Hicieron la analítica —confirmó amianto crisotilo, la variedad más común—, elaboraron el plan de trabajo, ejecutaron la retirada con equipos de protección individual y gestión controlada de los residuos, y entregaron el certificado de descontaminación. Tres semanas y unos 2.800 euros entre analítica, retirada y gestión de residuos. Después, la fontanera volvió y reparó la fuga en dos horas. Los edificios anteriores a 1985 pueden tener amianto en aislamientos, sellados de tuberías, revestimientos de calderas, y materiales de construcción. Antes de abrir una pared en un edificio de esa época, vale la pena hacer una analítica preventiva si hay sospechas. Sale más barato que el protocolo de emergencia.