Cuando una comunidad rehabilita la fachada, la expectativa es que eso dure muchos años. Es una inversión grande —para una comunidad media, entre 30.000 y 80.000 euros— y no es algo que se pueda repetir cada pocos años. Pero hay diferentes calidades de rehabilitación, y la diferencia entre hacerlo bien y hacerlo regular no siempre es evidente en el resultado inmediato. Se ve con el paso del tiempo.
La primera rehabilitación: pintura y revoco sin más
Diez años antes de que yo llegara a esa comunidad, habían rehabilitado la fachada: reparación de grietas, nuevo revoco en las zonas deterioradas y pintura exterior de calidad. El resultado fue correcto y la fachada quedó bien durante los primeros años. Al sexto año empezaron a aparecer de nuevo fisuras en puntos concretos, manchas de humedad bajo algunas ventanas y descascarillado en las zonas orientadas al norte. Al décimo año, la fachada necesitaba otra intervención.
La segunda rehabilitación: sistema SATE
Esta vez, antes de aceptar el presupuesto más barato, contraté a un arquitecto para que redactara un pliego de condiciones técnicas. El arquitecto recomendó un sistema SATE —Sistema de Aislamiento Térmico por el Exterior—: una capa de aislamiento pegada a la fachada, reforzada con malla de fibra de vidrio y acabada con mortero de revestimiento. Este sistema no solo mejora la apariencia: elimina los puentes térmicos, reduce el consumo de calefacción y refrigeración y, si está bien ejecutado, tiene una vida útil de 30-40 años. Costó 55.000 euros frente a los 40.000 de la primera vez. Los vecinos tuvieron que votar con información sobre las diferencias. Aprobaron el SATE. La factura de calefacción del invierno siguiente bajó un 18% de media en los pisos orientados al norte.