Cambié las ventanas de toda la casa —cinco en total— por ventanas de aluminio con rotura de puente térmico. La inversión fue de casi cuatro mil euros. Tres de las cinco ventanas no cerraban correctamente desde el primer día: la hoja no quedaba alineada con el marco, dejaba pasar aire y en algunos casos ni se podía cerrar del todo sin forzar. Empieza el peregrinaje.
El instalador culpa al fabricante, el fabricante culpa al instalador
Llamé al instalador. Vino, ajustó las bisagras y los herrajes, dijo que era un ajuste normal de asentamiento y se fue. A los dos días igual. Segunda visita: dijo que las hojas estaban bien, que el problema era que los huecos de la fachada no eran perfectamente rectangulares y que eso era responsabilidad de la construcción del edificio, no de él. Llamé al fabricante. El fabricante mandó a un técnico que revisó las ventanas y dijo que los marcos habían sido instalados sin nivelación correcta, que estaban torcidos, y que eso era responsabilidad del instalador. Los dos se echaban la culpa mutuamente y yo con tres ventanas que no cerraban.
La solución que nadie quería hacer y que acabé pagando yo
Después de cuatro meses de cartas y llamadas, contraté a un tercero —un carpintero de aluminio independiente— para que evaluara el problema. Su diagnóstico fue claro: los marcos habían sido instalados sin comprobar la horizontalidad y verticalidad con nivel, y estaban torcidos entre 3 y 5 milímetros. Desmontó los tres marcos, los reinstalaron correctamente y las ventanas cerraron a la perfección. Coste adicional: 480 euros. Ni el instalador original ni el fabricante asumieron ese coste. Lo pagué yo y aprendí que cuando hay un conflicto entre instalador y fabricante, el que siempre pierde es el cliente. Lo que hay que hacer: exigir que el instalador compruebe con nivel la instalación de cada marco antes de fijarlos definitivamente, y pedir fotos de ese proceso. Sin documentación, es tu palabra contra la suya.