Si trabajas en el sector de los servicios del hogar, sabes que hay tres fechas en el año que son malditas: el primer frío de octubre, el puente de diciembre y el inicio del verano. En esas fechas se rompe todo a la vez, los técnicos no dan abasto y el cliente que te llama en cuarto lugar está convencido de que es tu culpa que no puedas ir de inmediato. He vivido muchas de estas situaciones desde el lado del profesional. Una la viví desde el otro lado.
El 23 de diciembre sin agua caliente
Tenía a mi madre de visita desde Cádiz, llegaban mis cuñados al día siguiente y la caldera murió a las siete de la tarde del 23 de diciembre con un pitido y una luz roja que no conocía. Llamé al servicio técnico oficial de la marca. Me dieron cita para el 27. Llamé a un técnico independiente que conocía. Tenía seis averías ese día y me dijo que lo intentaría pero que no prometía nada. Llamé a otros dos. Uno no cogió. El otro vino esa noche, diagnosticó el problema —un intercambiador roto— y me dijo que la pieza no la tenía en el almacén y que con las fiestas lo antes que podía llegar era el 2 de enero.
Diez días duchándose con agua fría y lo que saqué de todo aquello
Sobrevivimos. Cazuela con agua caliente en el baño, como en los pueblos hace cuarenta años. Mi madre, que es de otra generación, lo llevó mejor que los cuñados. La pieza llegó el 3, la caldera funcionó el 4. Lo que aprendí: las calderas se revisan antes del invierno, no durante. Una revisión anual de 60-80 euros detecta el intercambiador en mal estado antes de que reviente. También aprendí que merece la pena tener guardado el número de dos o tres técnicos de confianza antes de necesitarlos, no buscando en Google a las siete de la tarde del 23 de diciembre. En ese momento, cualquiera que coja el teléfono te puede cobrar lo que quiera.