Un amigo mío tiene un bar pequeño en un polígono de las afueras. El año pasado le entraron a robar en un local vecino y decidió instalar una alarma. Llamó a la primera empresa que le salió en Google, firmó el contrato ese mismo día y tres días después tenía la alarma instalada. Todo muy rápido, todo muy fácil. Demasiado, como suele pasar.
Las dos de la mañana y un código que nadie tenía
A los tres días de la instalación, la alarma saltó a las dos de la madrugada. Mi amigo recibió la llamada de la central, le pidieron el código de verificación. No lo sabía. Durante la instalación le habían dado un papel con varios códigos, lo había metido en un cajón de la barra y no recordaba cuál era cuál. La central le dijo que sin el código no podían hacer nada y que llamara al número de incidencias de la empresa instaladora. Llamó. Saltó el buzón de voz. Llamó cuatro veces más. A los cuarenta minutos cogió alguien que tampoco tenía acceso al sistema esa noche. La alarma estuvo sonando durante casi una hora antes de que pudieran apagarla. Los vecinos del polígono no se lo agradecieron.
Lo que hay que preguntar antes de firmar un contrato de alarma
Cuando le ayudé a revisar el contrato al día siguiente, encontramos que el tiempo de respuesta garantizado de la central era “inferior a 60 minutos” — lo cual es casi inútil para una alarma. El contrato tenía permanencia de 36 meses con penalización por baja anticipada. Y el servicio de atención urgente estaba excluido los fines de semana fuera de horario comercial. Antes de contratar una alarma hay que preguntar tres cosas: cuál es el tiempo de respuesta real de la central, quién responde las incidencias técnicas a las dos de la madrugada y qué pasa si quieres cancelar antes de que acabe la permanencia. Si las respuestas no son claras, busca otra empresa.