En doce años de administración de fincas he conocido a vecinos de todo tipo. Los que no pagan, los que pagan pero se quejan de todo, los que proponen cosas imposibles en junta, los que no vienen a ninguna junta y luego se quejan de las decisiones. Pero don Aurelio era diferente. Don Aurelio no era difícil por negligencia ni por dejadez. Era difícil de manera activa, metódica y con notable conocimiento de la Ley de Propiedad Horizontal.
Cuatro años de recursos y nulidades
Don Aurelio vivía en el quinto de un edificio de dieciocho vecinos en Alicante. Era propietario de un único piso, pagaba sus cuotas puntualmente y asistía a todas las juntas con una libreta, un bolígrafo y el texto de la LPH impreso y subrayado. Votaba no a todo lo que supusiera gasto, y cuando el resto de vecinos aprobaba algo por mayoría, presentaba un recurso de nulidad en el juzgado si consideraba que el procedimiento había sido irregular. Durante cuatro años impugnó la pintura de la fachada, el cambio del portero automático, la instalación de un ascensor accesible y la renovación del contrato de limpieza. Ganó dos de los cuatro recursos por defectos de convocatoria y procedimiento —lo cual era culpa mía, debo reconocerlo—. Los otros dos los perdió, pero ralentizó las obras más de un año cada vez.
Lo que aprendí sobre cómo gestionar a un vecino así
Al final aprendí a convivir con don Aurelio de una manera que no me gusta admitir: haciendo cada convocatoria, cada acta y cada acuerdo con la precisión de quien sabe que alguien lo va a revisar con lupa. Plazos exactos, quórum verificado, redacción sin ambigüedad. Las juntas mejoraron. Los acuerdos se volvieron más difíciles de impugnar. Don Aurelio siguió votando no a todo pero ganó menos recursos. Lo que aprendí no es que los vecinos difíciles sean el problema. Es que la administración descuidada les da las herramientas para serlo. Un acta bien redactada no cambia el voto de don Aurelio, pero sí cierra la puerta al recurso.