Conozco a mucha gente en el sector porque llevo veinte años en él. Y por eso mismo sé que contratar a alguien por la cercanía personal —un familiar, un vecino, un amigo— tiene ventajas e inconvenientes que no siempre se piensan antes. La ventaja es obvia: normalmente cobran menos. El inconveniente es que la relación personal hace muy incómodo reclamar cuando algo no sale bien.
El precio de amigo que resultó ser caro
Un conocido mío tiene un vecino del tercero que es fontanero. Cuando necesitó reformar el baño —cambio de instalación completa, nueva grifería, redistribución del espacio—, el vecino le hizo un presupuesto de 2.800 euros. Otros dos fontaneros le habían presupuestado entre 3.400 y 3.700. El precio del vecino era claramente mejor. Mi conocido aceptó. El vecino empezó la obra un sábado, trabajó ese fin de semana y el siguiente, y al tercero dijo que tenía otros compromisos. La obra se paralizó tres semanas. Cuando retomó, quedó pendiente el acabado de los azulejos de una esquina, un grifo del lavabo que goteaba ligeramente y la fijación de un espejo que nunca terminó de quedar bien.
Por qué reclamar a un vecino es diferente
Mi conocido no reclamó. Bajaba en el ascensor con el vecino, le veía en el portal, a veces coincidían en el garaje. La incomodidad de tener una conversación difícil con alguien con quien te cruzas a diario hizo que lo dejara estar. El grifo del lavabo lo arregló él mismo. El espejo lo colgó otra persona. El remate de los azulejos lo contrató a otro para no tener que llamar al vecino. Precio final real: similar al presupuesto más caro. La lección no es que no contrates a alguien conocido. Es que si lo haces, tienes que tener claro que las reglas son las mismas que con cualquier otro profesional: presupuesto por escrito, plazos acordados y disposición a reclamar si hace falta, aunque sea incómodo.