Voy a contar esto con cuidado porque es una acusación seria y porque nunca pude probarlo del todo. Pero los hechos son los que son, y la conclusión más razonable sigue siendo la más incómoda. Un técnico de mantenimiento de calderas vino a hacer la revisión anual, estuvo dentro de la caldera durante veinte minutos, cobró y se fue. Tres semanas después, la caldera empezó a dar errores que antes no daba.
Un año de pequeños problemas que no existían antes
No eran averías graves: la caldera tardaba más en encenderse, el agua tardaba más en calentarse, alguna vez la llama se apagaba sola y había que reiniciar. Llamé a la empresa que había hecho la revisión. Vinieron, revisaron, dijeron que “la caldera tiene su edad” —tenía siete años, no especialmente vieja— y que posiblemente habría que cambiarla pronto. Al año siguiente, cuando cambié de empresa de mantenimiento por razones ajenas a esto, el nuevo técnico abrió la caldera para la revisión anual y me preguntó qué le había pasado al quemador. Faltaba una pieza: el electrodo de encendido secundario.
Lo que puede haber pasado y cómo protegerse
El técnico de la nueva empresa me explicó que ese electrodo es una pieza que se usa como repuesto en calderas de la misma gama y que tiene cierto valor en el mercado de segunda mano. También me dijo que no era la primera vez que veía algo así, aunque con cuidado de no hacer acusaciones explícitas. Cambiar el electrodo costó 80 euros. Lo que aprendí: antes de que un técnico abra cualquier aparato —caldera, aire acondicionado, cuadro eléctrico— hay que estar presente durante el trabajo o, al menos, pedirle que te muestre el interior antes y después y que te explique qué ha revisado. La mayoría de los técnicos son honestos. Los que no lo son cuentan con que nadie mira.