La tarima flotante se llama así porque no va pegada ni clavada al suelo: flota sobre una lámina de espuma que amortigua y que permite la dilatación de la madera. Cuando está bien instalada, no se mueve, no cruje y dura años sin problema. Cuando está mal instalada, suena. Y hay pocas cosas más molestas en un piso que un suelo que cruje en cada paso, especialmente si acabas de pagar por él.
El instalador que dijo que crujir era normal
Un conocido mío puso tarima flotante en todo su piso: 80 metros cuadrados, madera de roble, instalación incluida por 3.200 euros. A las seis semanas empezó el crujido. Primero en la entrada, luego en el pasillo, luego en el salón. No era un crujido suave y puntual: era un crujido con cada paso, constante, del tipo que hace que los vecinos de abajo golpeen el techo. Llamó al instalador. El instalador vino, pisó en varios puntos y dijo que era normal durante el primer año porque la madera “se asienta”. Mi conocido lo aceptó, esperó cuatro meses y el crujido no solo no desapareció sino que fue a más.
Qué causaba el crujido y cómo se arregla
Llamó a otro profesional para que lo revisara. El diagnóstico fue rápido: la lámina de espuma que habían puesto debajo era de 2 milímetros en lugar de los 3 o 4 que requiere ese tipo de tarima en un suelo irregular. En algunos puntos el suelo base no estaba perfectamente nivelado y la lámina fina no compensaba la diferencia, lo que provocaba que las tablas se movieran ligeramente con cada paso y crujieran contra el zócalo. La solución hubiera sido levantar todo y reinstalar correctamente. Llegaron a un acuerdo: el instalador original vino, levantó las zonas con más movimiento, cambió la lámina por una de mayor grosor y volvió a instalar esas secciones. El crujido bajó un 80%. No desapareció del todo porque el zócalo ya había sufrido, pero se podía vivir. Cuando instales tarima, pide que te especifiquen el grosor de la lámina de espuma que van a usar. Es un detalle pequeño que marca la diferencia.