Cuando llegué a la comunidad ya había pasado lo peor: el escape había estado activo durante dos días antes de que alguien lo notara, y el agua había bajado por el forjado afectando al piso de abajo y al garaje. Los propietarios afectados preguntaron lo primero que pregunta todo el mundo en estos casos: “¿Lo cubre el seguro?” Tuve que leer la póliza antes de responder, algo que evidentemente nadie había hecho antes que yo.
Lo que la póliza decía en letra pequeña
El seguro del edificio llevaba ocho años renovándose automáticamente con la misma compañía. Nadie había revisado las condiciones desde la primera contratación. Cuando las leí encontré tres problemas: una franquicia de 1.500 euros por siniestro —que en una comunidad pequeña significa que los daños menores los paga la comunidad de su bolsillo—, una cláusula que excluía los daños causados por “deficiencias de mantenimiento o instalaciones en mal estado” y una cobertura de daños a terceros limitada a 150.000 euros, que para un edificio con 20 viviendas es bastante justa. El escape venía de una tubería del sistema común que llevaba tiempo con signos de corrosión. La compañía argumentó la exclusión de mantenimiento. Tardamos cuatro meses en negociar una cobertura parcial.
Lo que debería hacer cualquier comunidad con su seguro
Cuando me hago cargo de una comunidad nueva, lo primero que hago es leer la póliza del seguro completa, no solo el resumen. La mayoría de las comunidades tienen seguros que se renuevan solos durante años sin que nadie los revise, y las condiciones que firmaron en 2015 pueden no ser las adecuadas para el edificio que tienen hoy. Lo mínimo que hay que comprobar: la franquicia por siniestro, las exclusiones por mantenimiento, el límite de responsabilidad civil y si la póliza cubre los daños a propietarios individuales o solo a las zonas comunes. Una revisión anual con un corredor de seguros independiente cuesta poco y puede evitar sorpresas muy caras.