Contraté al mismo pintor para dos trabajos ese verano: pintar la fachada del chalé y pintar el interior —salón y pasillo—. Compró los materiales él, que es lo habitual, y yo pagué todo al final. El resultado inmediato parecía correcto: la fachada blanca y limpia, el interior con ese tono crema que habíamos elegido. Dos años después empezaron los problemas.
La fachada con hongos y el salón con brillo de plástico
A los dos años, la fachada tenía manchas verdes de hongos en la parte norte y algunas zonas donde la pintura se estaba levantando. Una fachada bien pintada con pintura exterior transpirable aguanta diez o doce años sin esos problemas. El salón, por su parte, tenía un brillo extraño que nunca había tenido la pintura interior de ningún sitio donde haya vivido: era como si estuviera lacado, y cualquier mancha —incluso de agua— dejaba marca. Cuando comenté ambas cosas con un segundo pintor que vino a evaluar, lo primero que preguntó fue de qué marca y tipo era la pintura de cada zona.
Las etiquetas y el error que nadie revisó
El segundo pintor hizo una prueba simple: mojó un trozo de algodón con agua y lo frotó sobre la pared del salón. La pintura no se disolvió ni se manchó el algodón, lo que indicaba que era una pintura de base plástica dura o de exterior, no una pintura interior mate al agua. En la fachada, el comportamiento con agua era el contrario de lo esperado para una pintura exterior hidrófuga. Su diagnóstico: el pintor había confundido los cubos o los había mezclado. La pintura de exterior había ido al interior y la de interior a la fachada, y por eso los comportamientos estaban invertidos. Siempre pide la ficha técnica de los productos que el pintor va a usar antes de que empiece a pintar, y guarda las etiquetas de los botes vacíos. Es la única forma de verificar que usó lo que dijo que iba a usar.