He gestionado muchos pisos de alquiler en mis años como administradora, y entre medias he tenido que coordinar no pocas reformas en pisos propios. Pero esta historia no viene de mi trabajo profesional: viene de mí como propietaria particular, y me da suficiente vergüenza como para haber tardado meses en contársela a alguien.
Cómo se pinta el piso equivocado
Tenía un piso en el tercero de un edificio que iba a alquilar. Quería pintarlo antes de sacar las fotos. Contraté a un pintor de confianza, le di las llaves del portal y le dije que era el tercero B. Lo que no hice fue darle las llaves del piso —que tenía que recoger en la portería— y explicarle que en ese edificio los pisos A y B estaban en lados opuestos del rellano con las puertas muy juntas. El pintor llegó, recogió las llaves en portería, subió al tercero y abrió la primera puerta que encontró. Que era el A. Que no era el mío. El vecino del tercero A trabajaba en turno de noche y estaba durmiendo cuando el pintor entró. Lo que siguió fue una combinación de susto, confusión y conversación difícil que prefiero no detallar.
Lo que aprendí sobre coordinar accesos a obras
Al final el vecino fue enormemente comprensivo, el pintor se disculpó y pintó el piso correcto esa tarde. Pintamos también el salón del vecino del A con el color que él eligió, como compensación, sin coste para él. Pero el momento de vergüenza fue mayúsculo y evitable con una cosa muy simple: acompañar al profesional al piso la primera vez, entrar juntos, confirmar que es el espacio correcto y solo entonces dejarle trabajar. Cuando dejas las llaves sin más explicación, estás delegando más de lo que crees.