Hay un precio para cada trabajo, y cuando el precio no tiene ningún sentido es porque algo no cuadra. O la calidad, o los materiales, o los tiempos, o las tres cosas a la vez. Lo sé porque llevo veinte años viendo obras, y lo sé también porque una vez caí yo en la trampa, y mira que tenía que haberlo visto venir.
Cuatrocientos euros por un piso entero, en un día
Hace unos años reformé un piso pequeño, unos 65 metros. Para la pintura pedí tres presupuestos. El primero: 1.100 euros, dos manos de pintura, plastecido de grietas, dos días de trabajo. El segundo: 950 euros, similar. El tercero: 400 euros, un día. Le pregunté cómo era posible. Me dijo que trabajaba solo, que era muy rápido y que usaba una pistola de pintura en lugar de rodillo, lo cual reducía el tiempo a la mitad. Sonaba plausible. Acepté.
Lo que pasa cuando alguien pinta un piso en un día por 400 euros
El hombre llegó a las ocho de la mañana con una pistola y dos cubos de pintura blanca sin marca visible. A las seis de la tarde había terminado. El resultado, a primera vista, no estaba mal. Las grietas seguían ahí, pero bueno. A los diez días, cuando la pintura llevaba tiempo seca, empezaron a aparecer las marcas de rodadura en las zonas de paso, las manchas en las esquinas donde no había llegado bien la pistola y, lo peor, un tono desigual en las paredes con más luz porque había dado una sola mano en lugar de dos. Intenté contactarle. No cogió el teléfono. Al final gasté otros 600 euros en que otra persona lo repintara bien. La lección es simple pero cuesta aprenderla: si el precio de un trabajo no tiene ningún sentido comparado con los demás, es porque algo va a fallar. No siempre, pero casi siempre. Y cuando falla, siempre sale más caro que si hubieras pagado bien desde el principio.