Mi abuela tuvo un piano de cola durante cuarenta años. Un Bösendorfer de 1952, negro, que ocupaba un tercio del salón de su piso en el Eixample de Barcelona. Cuando ella falleció y tocó vaciar el piso, mi madre decidió que el piano iría a casa de mi tía, que también sabía tocarlo. La empresa de mudanzas llegó un lunes a las nueve de la mañana. A las nueve y cuarto ya había problema.
Cuarenta años en el salón sin que nadie preguntara cómo había entrado
El piano mide 1,85 metros de largo y pesa 310 kilos. Las escaleras del edificio, del año 1930, hacen una curva de 90 grados en cada rellano que hace imposible pasar cualquier cosa más larga de metro y medio. El jefe de equipo de la mudanza lo midió, hizo el cálculo mental y dijo que no cabía. Le preguntamos cómo había entrado. Nadie lo sabía. Llamamos al administrador del edificio. No tenía registro. Al final fue una vecina de 80 años la que lo recordó: cuando instalaron el piano, en los años 80, lo habían subido con una grúa exterior y lo habían metido por el balcón del salón, que en aquella época tenía la puerta más ancha que ahora. La puerta del balcón había sido reformada en los 90 y ahora era más estrecha que el piano.
Lo que costó sacar el piano y lo que hay que prever en una mudanza especial
Llamamos a una empresa especializada en transporte de pianos y objetos voluminosos —no todas las empresas de mudanzas saben o quieren hacerlo—. Vinieron con aparejos, poleas y dos técnicos específicos para este tipo de trabajo. El piano salió por el balcón igual que había entrado, cuarenta años después. El coste del servicio especializado: 800 euros, aparte de la mudanza normal. Si tienes en casa algo que entró de una manera no convencional —piano, bañera grande, sofá muy largo, obra de arte de gran formato— antes de contratar una mudanza hay que pensar en cómo saldrá eso por donde entró. Porque a veces la respuesta es que no puede salir por el mismo sitio.