El microcemento está muy de moda y tiene un aspecto limpio y moderno cuando está bien aplicado. El problema es que requiere una preparación del soporte perfecta y varias capas aplicadas con los tiempos de secado correctos. Si alguien te lo aplica deprisa y corriendo para ahorrarse tiempo, tienes muchas probabilidades de acabar con grietas en cuestión de semanas.
La grieta que no era del edificio
Al mes de terminar el baño, apareció una grieta diagonal en la pared del ducha, de unos treinta centímetros. Llamé al aplicador. Vino, la miró y dijo que era asentamiento del edificio —el edificio tiene cuarenta años y no ha dado señales de movimiento en décadas—. Dijo que podría retocarse puntualmente. El retoque consistió en rellenar la grieta con más microcemento y dar una mano de sellador. A las tres semanas la grieta había vuelto, algo más pronunciada que antes. En ese momento contraté a otro profesional para que evaluara el trabajo original.
El soporte sin mallar y sin imprimación
El segundo aplicador examinó el microcemento existente y encontró que había sido aplicado directamente sobre el alicatado anterior sin malla de fibra de vidrio entre capas —la malla es lo que distribuye las tensiones y evita que las grietas del soporte se trasladen al microcemento—. Además, la imprimación había sido insuficiente. Sin malla y sin imprimación correcta, el microcemento no tiene adherencia ni flexibilidad suficiente y agrieta con cualquier mínimo movimiento del soporte. Hubo que levantar todo el microcemento —coste de quitar y rehacer: 1.400 euros— y empezar de cero con la preparación correcta. Cuando pidas presupuesto para microcemento, pregunta explícitamente si incluye malla de refuerzo entre capas e imprimación. Si el aplicador dice que no hace falta, busca a otro.