Esto tiene un punto de absurdo que me cuesta explicar todavía. El naranjo y el limonero no se parecen especialmente: el naranjo era más grande, con hojas más anchas y brillantes; el limonero era más pequeño, con fruta amarilla visible. Le indiqué al jardinero cuál era cuál antes de irme. Cuando volví, había podado el limonero.
El limonero podado a ras y el naranjo intacto
El limonero había quedado reducido a un esqueleto con tres ramas principales y sin hojas. El naranjo estaba exactamente igual que antes: con las ramas largas invadiendo el camino lateral, el problema que quería resolver. Llamé al jardinero. Me dijo que había podado “el árbol del fondo”, que creía que era ese el que le había indicado. El limonero estaba al fondo del jardín; el naranjo, más adelante. Había entendido mi indicación al revés.
Dos años de recuperación para el limonero
Un limonero podado agresivamente puede recuperarse, pero tarda. El mío tardó casi dos temporadas en volver a dar fruta con normalidad. El jardinero se ofreció a volver para podar el naranjo sin coste adicional, lo que hice que hiciera supervisándolo desde el principio hasta el final. Lo que aprendí: con trabajos en el jardín que implican poda o tala, nunca salgas de casa mientras trabajan. Si tienes que irte, marca el árbol con una cinta o spray de color antes de que lleguen —algo que no deje lugar a interpretación—. Los nombres de los árboles son ambiguos y la memoria es frágil cuando alguien está mirando un jardín que no conoce.