La instalación de placas fotovoltaicas en el edificio era un proyecto que habíamos tardado meses en aprobar en junta y en contratar. Cuando por fin llegó el día de la instalación, los operarios trabajaron el jueves y el viernes. El viernes a las seis de la tarde me avisaron de que habían terminado los paneles y el cableado, pero que el paso de cables a través de la cubierta no estaba sellado todavía porque necesitaban un material específico que traerían el lunes.
Lo que pasó el sábado
Pregunté explícitamente si había riesgo de entrada de agua. Me dijeron que habían puesto “una tapa provisional”. El sábado por la tarde entró una tormenta. El domingo por la mañana recibí tres mensajes de vecinos del último piso: el falso techo de dos de ellos tenía manchas de humedad y en uno había empezado a gotear. El agua había entrado por el paso de cables sin sellar, bajado por el interior de la estructura y llegado al falso techo de escayola. El daño no era catastrófico pero sí significativo: varias planchas de escayola empapadas y algunas zonas con pintura dañada.
El sellado provisional que no lo era
Cuando la empresa vino el lunes y vio los daños, reconocieron que la “tapa provisional” era básicamente un trozo de plástico sujeto con cinta adhesiva que no había aguantado la presión de la lluvia. Asumieron los costes de reparación de los falsos techos dañados —unos 1.600 euros entre los dos pisos— y sellaron correctamente el paso de cables. Cuando se contrata una instalación que implica abrir la cubierta, hay que exigir por escrito que cualquier apertura quede sellada de forma estanca al final de cada jornada, especialmente si el trabajo se interrumpe un fin de semana. Si no pueden garantizarlo, el trabajo no debería empezar hasta que puedan terminarlo de forma continua.