Un grifo que gotea gasta más agua de lo que parece. Diez goteos por minuto son unos tres litros al día, casi cien al mes. Pero más allá del gasto, lo que me resulta difícil de explicar es cómo algo tan simple como cambiar un cartucho de grifo puede convertirse en un proceso de seis meses con tres visitas, dos diagnósticos distintos y un fontanero que cada vez llegaba con una teoría nueva sobre por qué el anterior no había funcionado.
Primera visita: el cartucho. Segunda visita: la presión. Tercera visita: quién sabe
Primera visita, en enero: el fontanero cambió el cartucho del grifo. Le dije que si eso lo arreglaba. Dijo que sí. En febrero el grifo seguía goteando. Segunda visita: dijo que el problema era la presión del agua, que era demasiado alta y que hacía falta instalar un reductor de presión. Presupuesto: 280 euros. Le dije que esperara porque quería consultar con otro. El otro me dijo que era posible pero que antes había que verificar si realmente la presión era excesiva. Medimos la presión: estaba en 3,5 bares, dentro de lo normal. Tercera visita con el primer fontanero: dijo que había que cambiar el grifo entero porque era una marca “que da problemas”.
Lo que arregló el problema en quince minutos
Un amigo que entiende de fontanería vino a verlo un sábado. Desmontó el grifo, examinó el cartucho nuevo que habían instalado y vio que estaba mal puesto: la junta de goma estaba torcida y no sellaba correctamente. La recolocó. El grifo dejó de gotear. Tiempo: quince minutos. Coste en materiales: cero. Lo que me llevé de seis meses de esto: cuando un profesional no puede arreglar algo sencillo en la segunda visita, no merece una tercera. La segunda visita debería consistir en diagnosticar por qué falló la primera solución y aplicar la correcta. Si tampoco pueden explicar eso, es el momento de llamar a alguien diferente.