El garaje del edificio llevaba dos años inundándose cada vez que llovía con cierta intensidad. No una inundación catastrófica —cinco o diez centímetros de agua en la zona más baja—, pero suficiente para dañar los bajos de varios coches y para que la comunidad llevara meses debatiendo quién tenía la culpa y quién pagaba. Habíamos contratado a tres empresas distintas: una de impermeabilización, una de fontanería y una de obras. Ninguna encontró el origen.
Dos años de parches y el agua seguía entrando
La empresa de impermeabilización selló las juntas del suelo del garaje. La empresa de fontanería revisó las arquetas y el sistema de drenaje. La empresa de obras reforzó el sellado en la rampa de acceso. Con cada lluvia fuerte, el agua volvía. La factura acumulada en dos años de intentos: más de doce mil euros entre las tres intervenciones. El origen no estaba en ninguno de los sitios que habían mirado.
El jubilado del quinto que recordó la obra de 1987
Un vecino del quinto, fontanero jubilado, se ofreció a echar un vistazo. Bajó al garaje con una linterna, estuvo media hora mirando y luego fue al archivo de la comunidad —que había heredado años de actas y documentos— y encontró un acta de la junta de 1987 que mencionaba una reforma del sistema de drenaje. Siguió el recorrido de ese sistema antiguo, encontró una arqueta tapada con una capa de hormigón que había quedado fuera de servicio durante la reforma y que estaba conectada a un conducto que en realidad seguía activo. El conducto llevaba directamente al interior del garaje. En cuanto llovía, el agua que entraba por ese conducto iba al garaje. Un fontanero tardó dos horas en desactivar ese conducto y redirigirlo correctamente. Coste de la reparación final: 340 euros. Los doce mil anteriores: sunk cost.