Mi primo trabaja de fontanero autónomo en Madrid. Buena persona, buen profesional, nunca deja un trabajo a medias. Pero tiene un problema que le ha costado más dinero del que se imagina: no coge el teléfono. No porque no quiera, sino porque siempre está liado y piensa que ya llamará luego. Y el “luego”, en este oficio, casi siempre llega tarde.
Lo que pasó con Álvaro
Un señor llamado Álvaro le contactó por una avería simple: un grifo de la cocina que perdía agua. Nada grave. El tipo de llamada que cualquier fontanero resuelve en una hora y cobra entre 60 y 120 euros. Mi primo vio la llamada perdida, pensó “ya le llamo luego” y se le fue el santo al cielo. Al día siguiente, entre trabajo y trabajo, se le volvió a olvidar. El tercer día, Álvaro le mandó un WhatsApp: “Buenos días, ¿puede venir hoy?” Mi primo lo leyó, lo dejó en visto, y siguió con lo suyo. A las cuatro de esa tarde, Álvaro había contratado a otro fontanero que llegó en dos horas, arregló el grifo en cuarenta minutos y cobró 85 euros.
El precio real de no responder
Lo que no sabe mi primo —o lo que no quiere saber— es que Álvaro vivía en un edificio de veinte vecinos. Dos semanas después de lo del grifo, la comunidad necesitaba cambiar la red de tuberías del bloque. Presupuesto: casi 18.000 euros. El fontanero que había arreglado el grifo fue el primero al que llamaron, y se llevó el contrato sin competencia. En este sector, la primera impresión no es cuando llegas a la obra. Es cuando respondes el teléfono. Da igual que seas el mejor fontanero de la provincia: si no coges la llamada, no existes. Y si la coges al tercer día, llegas tarde. El que llega primero se lleva el trabajo; el que llega segundo se lleva las excusas.