Heredé el piso de mis padres. Cuando fui a revisar el estado de la instalación eléctrica, el cuadro era el original de cuando se construyó el edificio: 1974. Cuatro plomos de cerámica —los de rosca, que se cambian a mano cuando se funden—, sin diferencial moderno, sin toma de tierra en ningún circuito. Los enchufes del baño no tenían toma de tierra. La cocina tenía un único circuito de diez amperios para todo.
Lo que dijeron los tres electricistas
El primero llegó, abrió el cuadro, lo miró durante treinta segundos y dijo: “Esto hay que cambiarlo entero. No te puedo tocar nada puntual aquí, sería parchar algo que no tiene arreglo.” El segundo dijo lo mismo con otras palabras: “Cualquier cosa que te haga ahora es tirarte el dinero, porque esto necesita una instalación completa nueva.” El tercero añadió un detalle que los otros no habían mencionado: el cableado visible en algunas cajas era de aluminio, no de cobre —el aluminio se usaba en los setenta para ahorrar costes, pero con el tiempo pierde conductividad y puede provocar calentamientos en las conexiones—.
La instalación nueva y lo que cambia
Hice la instalación completa: cuadro nuevo con magnetotérmicos e ICP, diferencial de alta sensibilidad, circuitos separados por usos —cocina, baño, habitaciones, puntos de luz—, toma de tierra en todos los circuitos, y cableado de cobre en todo el piso. El coste fue de unos 3.800 euros con materiales e instalación. Tardaron cuatro días y estuve sin luz en el piso durante dos de ellos. Pero cuando terminaron, el piso cumplía el reglamento actual y tenía una instalación que no iba a necesitar tocarse en treinta años. Si vives o compras un piso anterior a 1980, lo primero que hay que revisar es el cuadro eléctrico. No como mejora: como seguridad.