Las dos ventanas que había que cambiar estaban en la misma fachada: una grande, en el salón, y una más pequeña, en el baño. El cristalero vino, midió las dos, dijo que los cristales estarían en una semana y volvió al cabo de diez días para montarlos. El montaje fue rápido. Cuando se fue y probé a cerrar las ventanas, ninguna de las dos cerraba bien: la hoja no se ajustaba al marco.
Los cristales intercambiados
Tardé un momento en entender qué pasaba. El cristal era visiblemente demasiado pequeño para la ventana del salón —le sobraba espacio por los lados— y demasiado grande para la ventana del baño —no entraba del todo en el marco—. Los había montado intercambiados: el cristal fabricado para el baño estaba en el salón, y el del salón en el baño. Las dimensiones de ambos eran correctas, los cristales estaban bien fabricados, pero los había puesto en el hueco equivocado.
La historia tiene un lado bueno
El cristalero vino al día siguiente sin discusión, desmontó los dos cristales, los intercambió y ambas ventanas cerraron perfectamente. El error era evidente y reconocible y no supuso ningún coste adicional ni una espera larga. Lo cuento no como drama sino como curiosidad: es un error que requiere cierto nivel de despiste para cometerse —estás delante de dos huecos de tamaños visiblemente distintos y montas el cristal más pequeño en el más grande—, y sin embargo ocurre. Si tienes varios cristales que se van a montar el mismo día, márcalos antes de que el instalador llegue: un trozo de cinta en el marco de cada hueco con el número o nombre del cristal correspondiente elimina ese tipo de confusión.