Elegí un azul grisáceo del catálogo de la marca —un tono que en papel parecía tranquilo, casi neutro, con un punto de frialdad elegante—. La referencia era clara, lo pedí en el formato de bote grande para el salón. Cuando el pintor terminó y vi la pared seca y con la luz natural de la tarde, el salón parecía el interior de un barco de guerra.
Los catálogos en papel y la realidad en pared
El color en papel impreso depende de la tinta, el tipo de papel, la iluminación bajo la que se ve el catálogo y la superficie mate o brillante de la muestra. El color en pared depende del ángulo de la luz, la cantidad de superficie cubierta —un color que en una muestra pequeña parece claro, en una pared entera se percibe mucho más saturado e intenso—, la orientación de la habitación y si la luz es natural o artificial. Cuando llamé al pintor y a la empresa de pintura, me dijeron que “los colores en catálogo son siempre orientativos” y que antes de pintar toda la habitación debería haber pedido una muestra en pared y esperado a verla en distintas horas del día.
Lo que nadie me dijo antes de que abrieran el bote
Tenían razón en el diagnóstico pero no en la omisión: ninguno de los dos me advirtió de que debería hacer eso. Me vendieron el bote, vinieron a pintar y yo pagué sin que nadie levantara la mano para decir “¿ha probado una muestra primero?”. Repintar el salón en un tono más claro supuso comprar más pintura y pagar otra jornada de trabajo. Desde entonces aplico la regla de la muestra obligatoria: compra el bote más pequeño disponible, pinta un metro cuadrado de pared, deja secar 24 horas, y observa el resultado a diferentes horas del día y con las luces encendidas por la noche. Solo entonces compras la cantidad total.