Me quedé sin llaves en casa un domingo a las once de la mañana. En días laborables habría esperado a que llegara un vecino, pero ese domingo mi vecino de confianza estaba fuera. Busqué un cerrajero de urgencias. El primero que llamé me dijo que el precio dependía de la dificultad de la cerradura, que si era estándar serían unos 120-150 euros, que si era de seguridad podía llegar a 250. Acepté y dije que viniera.
Diez segundos para abrir, ciento ochenta euros de factura
El cerrajero llegó en veinte minutos, sacó una herramienta y en menos de diez segundos la puerta estaba abierta. Me alegré: pensé que un profesional así, tan rápido, probablemente sabría lo que cobraba y que el precio acordado sería justo. La factura fue de 180 euros. Cuando pregunté por el desglose, dijo: apertura de urgencia, 150 euros, más 30 euros de desplazamiento en domingo. Firmé y pagué. Cuando entré en casa y probé la cerradura con la llave de repuesto, la llave no entraba bien. Miré el bombín: estaba ligeramente forzado. Lllamé al cerrajero. Me dijo que para una apertura no destructiva había tenido que manipular el bombín y que si quería dejarlo como nuevo habría que sustituirlo. Presupuesto del bombín: 65 euros más instalación.
Lo que hay que preguntar antes de que empiece
Una apertura de emergencia puede hacerse de dos maneras: sin daños, usando técnicas de ganzueo o de manipulación que abren la cerradura sin tocarla destructivamente, o con daños controlados, donde se fuerza el bombín o se taladra. La primera es más lenta y requiere más habilidad; la segunda es rápida pero deja la cerradura inservible. Lo que hay que preguntar antes de que el cerrajero empiece: si la apertura va a dañar el bombín o la cerradura, y si así es, que lo diga antes y que el precio incluya la sustitución. Un cerrajero honesto te informa antes. Uno que no te informa antes y luego te factura la sustitución por separado está facturando el daño que él mismo causó.