El ficus llevaba en la acera desde antes de que nadie de los actuales propietarios comprara su piso. Sus raíces habían levantado progresivamente la acera, el bordillo de la calle, parte del asfalto y, lo más problemático, la solera del parking comunitario: había una grieta de unos dos centímetros de ancho que recorría diez metros del suelo del aparcamiento. Los vecinos llevaban años quejándose. El problema era saber de quién era el árbol.
El árbol sin dueño claro
El árbol estaba en la acera, que es suelo público. Pero la acera en ese tramo era parte de una urbanización privada —las aceras interiores de la urbanización eran de la comunidad, no del Ayuntamiento—. El Ayuntamiento decía que el árbol estaba en zona privada y que la responsabilidad era de la comunidad. La comunidad argumentaba que el árbol había sido plantado por el promotor original, que había cedido las aceras al Ayuntamiento aunque el trámite no se había completado formalmente. Tres años de cartas, dos reuniones con técnicos municipales y ningún acuerdo.
La solución que nadie había propuesto
Un abogado especializado en derecho de comunidades que consultamos llegó a una conclusión práctica: independientemente de quién tuviera razón en la disputa de titularidad, la comunidad tenía una responsabilidad de mantenimiento sobre las zonas comunes y el árbol estaba causando daños demostrables. Si esperábamos a que el conflicto de titularidad se resolviera, los daños seguirían creciendo y la responsabilidad de la comunidad también. Su consejo: talar el árbol, documentar todo el proceso y luego reclamar el coste al Ayuntamiento si la titularidad finalmente se determinaba como pública. Costó 3.800 euros talar el ficus y reparar el pavimento del parking. El Ayuntamiento no devolvió nada. Pero la grieta se dejó de abrir.